Siete casas vacías

30 junio, 2016 — 1 Comment

Cierra por un momento los ojos. Te propongo un juego. ¿Ya? Voy a decirte algo. No tienes que pensar mucho, solo rastrea entre tus recuerdos, remueve tus emociones, busca una o dos palabras que describan qué te sugiere esta expresión: «casas vacías». ¿Lo tienes? ¿Qué has imaginado?

Quizá hayas pensado en la idea de soledad o de abandono. Es probable que te haya sugerido privación, pobreza, desnudez… A mí, sin embargo, la imagen de una casa vacía me resulta inquietante. Esa es la palabra: inquietante. No es exactamente miedo, es desasosiego. No me molesta: me turba, me altera.

Siete casas vacías son los siete relatos que componen un magnífico libro de cuentos publicado por Páginas de Espuma de la escritora argentina Samanta Schweblin. Curiosamente, en ninguno de los siete relatos aparece en realidad una casa vacía. No una real, al menos. Es más un vacío simbólico, una ausencia que flota en todas las historias, que rellena los huecos como quien rellena con pasta los agujeros de una ventana desvencijada. Quizá pueda parecer algo fútil, pero en realidad es lo sustancial: lo que de verdad tiene trascendencia es la atmósfera, a veces más que la propia historia.

Samanta Schweblin nos mantiene en vilo en cada narración más por lo que imaginamos que por lo que sucede. En Nada de todo esto una madre y una hija salen juntas en coche a mirar casas. Primero las observan por fuera, pero después se cuelan en una de ellas para curiosear en las habitaciones. En Mis padres y mis hijos dos niños se pierden cuando los visita su padre, divorciado de su madre, que se hace acompañar por los abuelos con demencia que se comportan como dos niños más. En La respiración cavernaria una anciana desmemoriada lleva siempre encima una lista de tareas que es más bien una lista de obsesiones: “concentrarse en la muerte”, “clasificarlo todo”, “si él se entromete, ignorarlo”. En el último de los relatos del libro, Salir, una mujer camina por la avenida Corrientes de Buenos Aires en plena noche con el pelo mojado tras una ducha, ataviada con una bata y unas pantuflas.

El desasosiego máximo se experimenta cuando leemos Un hombre sin suerte. En este relato desaparece durante un tiempo una niña de un hospital. Se va con un desconocido con el que entabla conversación en la sala de espera a comprar una bombacha (en Argentina se llama así a un pantalón o a una braga) a un centro comercial. En el horizonte, la angustia de que lo peor puede pasar.

Siete casas vacías fue el libro ganador del Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero en 2015. El jurado valoró el estilo y la precisión de la autora. Sin duda, su originalidad y su frescura la hacen merecedora de los mejores halagos. Aunque yo ya no sea capaz de estar solo en una casa vacía.

Si exagerásemos nuestras alegrías como hacemos con nuestras penas, nuestros problemas perderían importancia

Anatole France

No tengo problemas de concentración. No tengo problemas de concentración. No tengo problemas de concentración. No tengo problemas de concentración. No tengo problemas de concentración…

Yo me había reservado una tarde a la semana (una mísera tarde) para escribir. Ahí estoy, enfangado con la novela, casi terminando el capítulo 2 (tengo 8 o 9 previstos), pero siempre con la sensación de equilibrista con tembleque. Y que conste que tengo muy currados a mis personajes y muy claras algunas localizaciones (os he presentado a Irene, a Dani, a César, al cura; os he hablado también del hotel en el que empieza todo).

El caso es que luego no aprovecho el tiempo todo lo que quisiera: siempre hay algo urgente de trabajo que debo sacar adelante, casi nunca tengo tranquilidad (el silencio ya no recuerdo lo que era y llaman a mi puerta taaantaaas veces). Y las noches no cuentan, porque uno llega al final del día para poco.

Soy muy consciente de que las condiciones ambientales ideales para escribir no existen (excepto si te ha tocado una buena lotería) y que las excusas que me pongo (que todos nos ponemos) son parecidas a las que esgrimimos para no hacer deporte: que si nos duelen las piernas, que si parece que hace frío y no salgo a correr, que si eso ya mañana…

Me esfuerzo mucho para sacarle partido a mi escaso tiempo. Lo prometo. Por eso quiero contaros todas las cosas que he intentado para lograr la concentración perfecta.

La técnica pomodoro

Esto es estupendo. No sé si lo conocéis, pero es tan simple como recomendable. Consiste en aprovechar al máximo periodos de 25 minutos y descansar 5. Así, trabajamos con denuedo y sin interrupciones esos 25 minutos: nada de teléfono, nada de redes sociales, nada de guasap. Cuando terminan, podemos usar 5 para levantarnos, ir al baño… lo que sea. Y volvemos a empezar. Cada ciclo de 4, tomamos un descanso de 15 minutos. Es decir, que tras haber cumplido por cuarta vez nuestros 25 minutos super concentrados podemos parar 15. Es estupenda la técnica, lo prometo. Se aprovecha mucho el tiempo.

Hay un montón de aplicaciones para ayudaros a controlar los ciclos de concentración-descanso, pero yo uso una extensión de Chrome gratuita que podéis ver en esta web de Moosti.

No soporto los ruidos… ni puedo escribir con música

Esto sí que es un problema. Lo sé, lo sé: muchos y muchas estudiáis o trabajáis con música. Lucky you. Yo soy incapaz. No puedo escribir ni concentrarme con música.

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He probado las listas de Spotify (¿qué mierda es esta?) y, con mucho esfuerzo, puedo hacer algo con música clásica, pero no es lo mejor para mí. ¿Y qué pasa si hay ruido fuera y no soporto el ruido? Sí, sí, he probado todo tipo de tapones para los oídos, y sirven por un tiempo.

Berto Pena en su blog Thinkwasabi recomienda unos auriculares Bosé con cancelación de ruido. Tienen una pinta estupenda: parece que la tecnología de cancelación logra aislarte de cualquier ruido del exterior, incluso con la música en un volumen bajo. Pero, amigas y amigos, tienen un inconveniente: los 266 euros que cuestan. Me parece que hasta que no gane el premio Planeta esta no es la opción. Al final, me decidí por pedir a los Reyes Magos unos Sony hear on algo caros (no tanto como los Bosé), pero muy cómodos; sin cancelación de ruido, eso sí.

Que la naturaleza te acompañe

En mi loca persecución de la concentración perfecta me he encontrado con varias páginas que dicen que lo mejor del mundo mundial para mejorar tu productividad son los sonidos de la naturaleza: el sonido del viento, las olas del mar rompiendo mansamente en la orilla, las gotas de lluvia, el crepitar del fuego.

He descubierto Noisli, una página web que reproduce todos esos sonidos y, además, que va cambiando la tonalidad de la ventana en distintos colores pastel que, dicen, son la bomba para mejorar tu productividad.

¿Y tú, qué truco tienes para mejorar tu productividad y tu concentración? ¿Me lo cuentas dejando un comentario?

“La literatura no es un pasatiempo ni una evasión, sino una forma, quizá la más completa y profunda, de examinar la condición humana”

Ernesto Sábato

Cinco palabras que me gustan

30 diciembre, 2015 — 2 Comments

Desde hace mucho tiempo, mucho antes de que empezase a escribir, subrayo palabras en los libros que leo. El criterio para señalar unas u otras no es siempre el mismo: a veces marco un término que no conozco; en otras ocasiones, aunque sé qué significa esa palabra, me gusta su sonoridad, su ritmo.

Cuando empecé a escribir (ya sabéis, “de vez en cuando escribo para no odiar”) sistematicé un poco el proceso, y guardo en un archivo (en una simple hoja de cálculo que he llamado Banco de palabrasvocablos nuevos que voy encontrando en mis lecturas. Normalmente, añado una definición, la frase de contexto en la que he encontrado ese término y un enlace a una imagen de Internet. Por ejemplo, la palabra almácigo hace referencia a un tipo de arbusto muy abundante en España. Pues además de copiarme la definición, enlazo esa palabra a una imagen que me muestre cómo es ese arbusto. Mirad una captura de mi banco de palabras (clic para ampliar):

banco de palabras

Ya sabéis que me encantan las listas de cosas (mirad esta o esta), así que hoy os propongo un juego, esta vez con una lista corta de cinco palabras que me gustan. Yo he elegido mis cinco, y os animo a que me dejéis un comentario con cuáles son vuestras cinco palabras favoritas.

 

Mis cinco palabras

Inefable: «Siempre me ha parecido que tiene importancia saber qué es lo peor que podría sucederte y cómo puedes evitarlo, para que no te atraiga la magia de lo inenarrable, porque, ya de pequeña, percibía los terrores inefables que rodeaban nuestra casa, y que persiguieron a mi madre hasta que se ocultó en un rincón oscuro y secreto de su propia mente» (El club de la buena estrella. Amy Tan).

Lúnula: «Mientras sonaba el teléfono, con el pincelito del esmalte se repasó una uña del dedo meñique, acentuando el borde de la lúnula» (Un día perfecto para el pez plátano. J.D. Salinger).

Torunda: «Una cajera limpió la comisura de los labios ensangrentada de su jefe y le aplicó una torunda de algodón empapada en alcohol» (Acuda a su caja. Hoy no puedo. Juan F. Plaza).

Torvo: «Había creído que se sentiría feliz, excitado… o tal vez silencioso y torvo, pero ni una ni otra cosa resultaba cierta». (Extraños en un tren. Patricia Highsmith).

Zonzo: «–No seas zonzo, ahijado. ¿Acaso crees que si ella no quisiera estar contigo te habría aceptado ver El exorcista? ¡Qué horror, eso es amor!» (Libro de mal amor. Fernando Iwasaki).

¿Cuáles son las tuyas? ¿Me dejas un comentario?

No es extraño que un largometraje se base, con más o menos fidelidad, en una obra literaria previa. De un tiempo a esta parte, además, también algunas series de televisión tienen su origen en un libro o en una serie de libros (Juego de tronos, por ejemplo).

El caso de The Walking Dead (la serie de zombis más exitosa de la televisión) es peculiar (aunque no único). Su origen no es un libro, sino un cómic creado por Robert Kirkman en 2003 que se ha traducido al español como Los muertos vivientes. Mientras que la serie de televisión va ya por su sexta temporada, se han publicado a día de hoy en España más de 130 números del cómic, con una periodicidad mensual.

Hasta aquí, todo estupendo. El problema llega cuando comienzan las comparaciones entre ambos productos culturales, y entonces algunos puristas dicen que la serie no está siendo fiel al cómic, que en televisión aparecen personajes que no existen en el cómic o que las tramas se alargan o se acortan a conveniencia.

A continuación voy a hacer una reflexión sobre estas críticas, partiendo de una premisa que voy a intentar defender en el caso de The Walking Dead, pero que creo que es válido para cualquier situación similar: el cómic y la serie son dos productos culturales (dos modos de expresión) distintos, no tienen por qué ser exactos.

Aviso: no hay spoilers (la Fundéu recomienda sustituir la palabra «spoiler» por la española «destripe», pero no me acaba de salir hacer eso…).

 

  1. El cómic y la serie están vivos… y esto es un problema. No digáis que no es gracioso que haga esta afirmación en una serie de muertos vivientes… 🙂  Pero es cierto. Quienes siguen el mes a mes del cómic y ven también la serie contemplan cómo van creciendo ambos productos, hacia dónde caminan, cómo evolucionan… Primero sale el cómic; luego, la serie. Y es inevitable comparar. El problema es que, como nos decían en el cole, estamos comparando peras y manzanas… y si haces esto, estás muerto (estoy que me salgo con las metáforas).
  2. El cómic y la serie son productos distintos. No me gusta mucho utilizar la palabra «productos», así que que le añadiremos el apellido «culturales». Y los dos «productos» son diferentes (y no pasa nada por que lo sean). Para mí, lo importante, lo trascendente, es que la serie respete el espíritu del cómic (el producto original), que no es otro que plantearle al lector qué sucedería si el modo de vida que conocemos hasta ahora desapareciese, si terminase nuestra civilización como es actualmente. Vamos, que aunque no os lo creáis, los zombis son lo de menos.
  3. El cómic y la serie tienen cauces expresivos diferentes. Si respetan esa esencia argumental de la que hablaba antes y que los une, lo normal es que luego exploren distintas posibilidades. En primer lugar, porque la tele y el cómic tienen cauces expresivos diferentes, instrumentos distintos para contar las cosas. En segundo lugar, porque me resulta interesantísimo que la serie decida darle más protagonismo a un personaje con respecto al que ha alcanzado en el cómic, incluso introducir alguno que no existe en el cómic (Daryl, por ejemplo), que aporta un rol que no está contemplado en el cómic. O que estire una trama que visualmente tiene más recorrido en la televisión que en el papel (la estética también cuenta, ¿no?).

 

¿Por qué no? ¿Por qué han de coincidir exactamente? Las comparaciones y las críticas serían las mismas y, encima, no disfrutaríamos de las aportaciones novedosas de la serie.

No sé qué os parece a vosotros. ¿Me dejáis algún comentario con vuestras opiniones?

La soledad era esto

6 septiembre, 2015 — Leave a comment

Life

Fotografía: Rui Palha

Nunca pensé que ese número fuera de una persona. De una persona real, quiero decir. Porque cuando llego a casa tengo a diario en el teléfono fijo unas cuantas llamadas perdidas de teleoperadoras que quieren ofrecerme servicios de telefonía, de Internet o de televisión. Parece ser que mi número está incluido en un enorme bombo virtual, y es seleccionado de cuando en cuando por una máquina que marca para que robots de carne y hueso traten de colocar su oferta.

Pero este no era el caso. No conocía el número, así que no devolví la llamada, intuyendo que encontraría en el otro lado alguien que desde Marruecos, Irlanda o Berlín me ofrecería el paquete premium (fútbol incluido) por 9,90 al mes. Pero ayer por la tarde sonó de nuevo, y lo cogí.

—Hola… perdone… no sé si nos conocemos. Quiero hacerle una pregunta.

—¿?

Una mujer mayor buscaba sin mucho éxito las palabras adecuadas para explicarse.

—Es que he visto que tengo una llamada perdida suya. No conozco el número, pero sé que el prefijo es de Sevilla. Soy de Granada y estoy sola, ¿sabe?, pero tengo familia en Sevilla. Me he preocupado, porque no sé si es que pasa algo o qué sucede. ¿Por qué me ha llamado?

Pensé lo más rápido que pude, y caí en la cuenta de que el técnico que un par de días antes había venido a mi casa a instalar la televisión de pago (sí, los robots han vuelto a vencer) había realizado varias llamadas de prueba desde mi teléfono. ¿Llamaría a esta mujer? ¿Era su madre, su abuela, una tía lejana? ¿La llamó sin darse cuenta o, por el contrario, tiene un plan maligno que consiste en repetir esa llamada en cada casa en la que instalaba una línea y volver loca a la pobre mujer, sola y sin noticias de sus seres queridos?

Traté de tranquilizarla y mantuvimos una conversación como las de antes. Fueron más de veinte minutos de “no se preocupe, que seguro que no ocurre nada y su familia está bien” y de “hijo, pareces muy joven y no tienes acento sevillano, a qué te dedicas”. Cuando colgué, una sensación de angustia se apoderó de mí el día entero.

Ahora dudo si volver a llamar a la mujer. Si preguntar qué tal todo, si está sola, si logró hablar con los suyos. De darle un ratito de mi tiempo, preguntándole cómo hace el salmorejo o qué le gusta ver en la tele.

 

Una de las cosas más curiosas de mi visita al Hotel de Londres y de Inglaterra en San Sebastián para reconocer uno de los escenarios de la novela que estoy escribiendo es que allí se alojó la espía/bailarina Mata Hari. Esta mujer, asesinada por un pelotón de fusilamiento por, supuestamente, ser espía doble durante la Primera Guerra Mundial, ocupó una habitación del hotel. Un siglo después, la mejor suite del hotel lleva su nombre.

No es de extrañar que el personaje haya sido objeto privilegiado de la ficción literaria y cinematográfica: los pocos datos reales que se conocen de su vida (la mayoría de los que se dan por ciertos son hipótesis y fabulaciones, hay que decir que muchas veces un poquito androcéntricas) y su trágica muerte son, sin duda alguna, materia prima para cualquier historia.

Cuenta la leyenda que la habitación que ocupaba Mata Hari en el Hotel de Londres y de Inglaterra en San Sebastián era la suite que hora lleva su nombre porque tiene dos vistas magníficas: una al actual ayuntamiento, el antiguo casino, en el que la espía de origen holandés hacía parte de su trabajo. La otra, a la playa de la Concha, a la bahía, que le servía de relax y solaz tras un agitado día.

En estos momentos en los que estoy pergeñando el primer capítulo de la novela, he decidido no utilizar ni a Mata Hari ni la habitación del hotel con su nombre. La razón es que mi trama va por otro lado (se desarrolla en parte en otra magnífica habitación del hotel, la 707) y que, probablemente, cualquier referencia que haga a “ojo del día” (esto significa Mata Hari en malayo) desvíe la atención de unos “simples” pasajeros de un tren de lujo que comienzan su historia en un hotel maravilloso de San Sebastián.

Inmerso como estoy en la difícil escritura de una novela, mañana salgo prontito para San Sebastián a conocer in situ el lugar en el que comienza la acción: el Hotel de Londres y de Inglaterra. Os podéis imaginar que me he documentado, que he visitado su web, que he visto fotos y vídeos… pero siento una emoción indescriptible por ver el hotel y colarme (con permiso) en sus salas y habitaciones.

Hay que decir que la gente del hotel ha sido amabilísima conmigo, que no me ha dado más que facilidades, y que tienen una página en Facebook muy interesante y que funciona estupendamente. De verdad que da gusto trabajar con personas así (y sí, ya sé qué estáis pensando… pero es que escribir, no lo dudéis, es un TRABAJO, con mayúscula).

Un adelanto sobre la acción que se desarrolla en este escenario: en el comienzo de la novela, los pasajeros del Transcantábrico acuden a una recepción de bienvenida al Hotel de Londres y de Inglaterra, en San Sebastián (en la vida real esto es cierto). Cenan y pasan la noche allí antes de salir hacía Bilbao para coger el tren (la cena y la noche son ficción). Y es aquí, en este magnífico escenario mirando a la playa donostiarra de La Concha, donde se presentan los personajes principales de la novela.

Y hasta ahí puedo contar…

Espero esta semana poder contaros algo más de cómo es el hotel. ¡Atent@s a Twitter!  (@woodyplace)

Toda mentira de importancia necesita un detalle circunstancial para ser creída.

Prosper Mérimée (1803-1870) Escritor francés

summer time

Las listas en este tiempo son como el tinto de verano, la ensaladilla o una cerveza bien fresca: imprescindibles. Esta maravillosa época del año nos invita a pensar en los/las 10 más guapos/as, las 10 mejores playas o los 10 mejores hoteles del Caribe. Pero, ay, amigas y amigos, el verano no es perfecto. También hay algunas cosas odiosas.

¿Me ayudas a construir una lista?

  1. El calor / El aire acondicionado: Sí, amigas y amigos, me encanta el calor. Incluso viviendo en Sevilla. Me encanta el calor. “Pero Juan, estás loco, si se pasa fatal, no se puede respirar…”. Ya, pero me encanta el calor. Y no soporto el aire acondicionado con temperatura congelador.
  2. La ensaladilla / El gazpacho: La última que he comido, deliciosa: ensaladilla con bocabits.
  3. Las tiendas online / Los supermercados: oh, oh, oh, qué me decís de esas tardes de verano revisando Amazon o cualquier otra tienda online, dejando pasar las horas… Maravilloso. Y esos supermercados (especialmente de localidades pequeñas) que están abarrotados en verano, como si todo el mundo se aprovisionase para hacer frente a un cataclismo nuclear. Insoportable.
  4. Las olas / Las medusas: Las medusas están, junto con los pájaros (sí, los pájaros), en mi lista de animales-enemigos. Las medusas me buscan.
  5. Las lecturas veraniegas / Los correos electrónicos: ¿No os cabrea profundamente recibir un correo electrónico en verano? ¿Sabéis cuando has cogido vacaciones pero a pesar de todo te siguen llegando cosas del curro? Me disgusta profundamente. Pero me encanta leer en verano. Será que los ritmos son distintos, pero en verano devoro libros. Por cierto, estoy leyendo unos relatos del jerezano Juan Bonilla: Una manada de ñus.
  6. La música / Las noticias de televisión: Accidentes de tráfico, incendios, consejos para aplicarse correctamente la crema solar, consejos para que no te roben en casa en vacaciones, pretemporadas de los equipos de fútbol… Las noticias veraniegas son odiosas. Sin embargo, con la música en verano me pasa algo similar a lo que me sucede con la lectura. Seguro que algún estudio científico explica nuestra mayor receptividad sensorial en verano. Digo.
  7. Las conversaciones intrascendentes / Los chulos de playa: Os recomiendo que hagáis la prueba. En la playa, en la montaña, en un café de vuestra ciudad. Poned la oreja. Escuchad las conversaciones. Fútiles. Leves. Banales. De puro mundanas son trascendentes. Los otros, los chulos de playa, simplemente son grotescos, risibles. No llegan a intrascendentes.
  8. Las camisas imposibles / Las camisetas con mensaje: las camisas hawaianas que nunca tiráis vs. las camisetas con mensaje (casi siempre zafio). Esta batalla es desigual. Donde esté una buena combinación imposible de colores que se quite cualquier frase facilona sobre tamaños, proezas sexuales o récords alcohólicos. Eso es así.
  9. Los equívocos verbales / El nulo de turno: Fijaos en la ecuación: verano + conocer gente nueva + conversación intrascendente = equívocos verbales. Soy experto en meter la pata en verano. ¿Vosotros no? Y sobre el nulo (puede ser “nula” también, of course) tengo que escribir alguna vez. Es esa persona que está de cara al público en cualquier establecimiento y/o servicio y… bueno, simplemente es nulo. No es mala persona, ni siquiera es vago… es nulo.
  10. Las listas de cosas / Las fotos de políticos veraneando

La editorial Talentura hace una estupenda oferta veraniega. Se puede comprar cualquier libro de su catálogo en su tienda online descuento del 5% y sin gastos de envío para envíos nacionales. Solo hay que hacer clic en este enlace:  http://librerialaclandestinaonline.blogspot.com.es/p/oferta-veraniega.html

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portada hoynopuedo

Sobre el aburrimiento

31 mayo, 2015 — 6 Comments

Estoy trabajando en un personaje y necesito vuestra ayuda. ¿Me echáis una mano?

Mi personaje tiene un gran problema: se aburre, se aburre siempre y necesita buscar cosas que eviten ese aburrimiento.

Necesito que me contéis vuestra experiencia con el aburrimiento (que me lo describáis) y cómo tratáis de superarlo. También quiero saber si conocéis a alguien con “aburrimiento patológico“, que se aburre siempre y no esporádicamente, como nos sucede a todos.

¿Me dejáis un comentario?

¡Gracias!
Day 2 - Boring

Os presento a Daniel. Es el niño que veis en el vídeo, justo encima de este texto. Daniel tiene 6 años y hace aproximadamente tres no decía una sola palabra. Los médicos les dijeron a sus padres que Daniel tenía algún grado de autismo y que, dependiendo de su evolución, era posible que nunca hablase. No, no, no, tranquilos, no voy a contar una historia lacrimógena sobre Daniel. No, no, no.

Yo estoy aquí para hablar de un libro (como diría aquel): Personajes secundarios. Mirad qué portada más chula:

Personajes secundarios

Personajes secundarios es un libro de microrrelatos escrito por mi buen amigo, Manu Espada. Manu Espada es periodista, escritor y guionista de televisión. Ah, y también es el padre de Daniel, el niño que os he presentado. No hay que ser muy rápido para hacer la siguiente asociación de ideas: “Vaya, qué paradoja que un tipo que se gana la vida con las palabras tenga un hijo que, probablemente, nunca diga ninguna”. Precisamente, entre otras muchas cosas, eso es lo que pensó Manu cuando escuchó el diagnóstico médico. Un momento, un momento, un momento, que despejo la incógnita: Daniel, que en este mes de mayo cumple seis años, sí habla. Pero si nos retrotraemos 3 años en el tiempo, su padre no estaba seguro de que eso fuera a ocurrir. Así que puso en marcha su magia y escribió un micro maravilloso que tituló “El niño que se comía las palabras”. Un tiempo después, ese micro se grabó en vídeo, en ese cortometraje de apenas tres minutos que os he puesto al comienzo de esta entrada, y que sirve de presentación del libro del que os hablo. Si yo fuera tú, le daría al play antes de seguir leyendo.

Ya sabéis que los microrrelatos son esas historias cortitas que cuando uno las lee las deja en la boca unos segundos para paladearlas. Pueden ser de unas líneas, de una página… pero, en todo caso, son historias completas que siguen la lógica de cualquier narración, solo que lo hacen en un espacio reducido.  Entenderéis que la dificultad es máxima: condensar una historia en un espacio tan pequeño es algo muy complejo, que exige imaginación y pericia. Manu Espada es, por encima de todo, un excelente microcuentista. Ha publicado también relatos más largos (Fuera de temario es un libro muy recomendable, mucho) pero creo, sin ánimo de exagerar ni de dejarme llevar por la pasión de amigo, que es uno de los referentes españoles actuales en este género.

En Personajes secundarios encontramos a Manu Espada en estado puro. Como escritor tiene tres virtudes que refleja en sus textos: sensibilidad sin llegar ni siquiera a rozar lo ñoño (no me digáis que “El niño que se comía las palabras” no es una delicia), fina ironía y, lo más difícil, una brutal capacidad para hacer verosímiles historias fantásticas. Os recomiendo que leáis dos veces los micros “La edad de los árboles”, “La cárcel de papel” o uno de mis favoritos, “D-Laqui”.

En este libro aparecen como estrellas principales de las historias algunos personajes míticos del cine o la literatura (Watson, Dulcinea o Dorothy Young, la ayudante de Houdini) que, por fin, reciben la atención que merecieron y que nunca obtuvieron. Todos ellos, al igual que Daniel, se han arrancado la etiqueta de secundarios, y ahora protagonizan unas vidas que, sin duda, merece la pena que compartamos con ellos.

Sueños recurrentes

12 abril, 2015 — 2 Comments

Sueños lúcidos

Tengo desde hace años dos sueños que se repiten cada cierto tiempo.

El primero de ellos suele presentar variaciones, pero su “argumento” principal siempre es el mismo: alguien, por alguna razón, me persigue, y yo me paso toda la noche corriendo. La buena noticia es que nunca me pillan. Frecuentemente, además, este sueño tiene contenido, forma parte de una historia elaborada, no es solo una persecución sin límite. Por ejemplo: cuando vivía en mi ciudad, en Salamanca, soñé que los nazis la invadían (sí, amigas y amigos, los nazis…). Yo tenía que traspasar las líneas alemanas para llegar a la resistencia y hacer entrega de algún mensaje o paquete. Y corría, y corría, y corría. 

En otra ocasión era un tipo con un cuchillo bastante grande el que decidió que debía clavarlo en algún lugar de mi cuerpo y me perseguía sin tregua. Una vez más, yo corría. Y no me pillaba. Para las personas que ya le están buscando interpretación a esta obsesión mía, dos datos más: yo siempre soy el perseguido, nunca el que persigue; nunca me cogen o, si lo hacen, me escapo. Ahí lo dejo.

El segundo de los sueños que de tanto en cuanto ocupan mi descanso nocturno es una pesadilla horrible: pierdo todos los dientes. Ya está. Chimpún. Fin del sueño. Aquí no hay elaboración de ninguna clase, no hay narrativa, no hay historia. Simplemente se me caen los dientes. Sí recuerdo pasar mi lengua por las encías y sentir ese sabor amargo de la sangre. A veces la cosa se pone dramática, y entonces los dientes se van cayendo por etapas, y siento la angustia inefable de levantarme cada día esperando que alguno se mueva como preámbulo de una caída imparable.

Ale. Os toca. Contadme vuestros sueños recurrentes (los que puedan contarse, quiero decir). Si os apetece, dejad un comentario con vuestras historias.